El 12 de abril del presente año, el Perú vivirá nuevamente una fiesta electoral, en la cual elegiremos candidatos a diferentes poderes del Estado, quienes tendrán la oportunidad de dirigir nuestros destinos por cinco años. Lo interesante es que muchas de las propuestas formuladas por los partidos políticos en esta contienda han hablado del crecimiento económico, de la disminución de las carencias de la población y de la mejora de la calidad de vida de los peruanos.
Artículos de interés
Uno de los principales problemas que sufre la región hoy en día es la educación y sus modelos, que adolecen de innovación y están enfocados en desarrollar capacidades cuyo objetivo es incorporar a las personas a sistemas donde los medios de producción están relacionados con la fabricación y la extracción (esto está correcto para realidades como la de nuestros países, netamente mineros). Sin embargo, han cerrado la puerta a los modelos con una tendencia y matices de enfoques más creativos.
La creatividad peruana siempre ha sido algo excepcional, sin embargo, algo está cambiando en ese tejido de ideas: la inteligencia artificial empieza a asomar y, con ella, se multiplican las posibilidades para quienes viven de transformar la inspiración en valor. La llamada economía naranja se ha ganado un nombre propio en el país, agrupando todo aquello que transforma el talento y la innovación cultural en bienes y servicios: desde la música que resuena en festivales limeños hasta el diseño gráfico que revoluciona marcas, pasando por producciones audiovisuales, videojuegos y el software creativo que se exporta más allá de nuestras fronteras.
Uno de los impactos indirectos que hemos podido observar en los últimos años sobre la generación de contenidos y programas exitosos, propios de las industrias creativas, es el que proviene de la industria mexicana. Esta industria destaca no solo por sus manifestaciones artísticas —como sus ritmos contagiosos y el icónico mariachi—, sino también por otras expresiones, como las gastronómicas, entre las que se encuentran los famosos tacos, entre otras.
Perú es cantera de creadores. Si tuviéramos algo más que mejor suerte y una eficiente estructura del Estado, no hay duda de que podemos hacer temblar a grandes economías creativas como México e incluso Corea del Sur. Aunque el Dios es peruano, para mala suerte nuestra, parece que ya se desnacionalizó.
Lo que sí no se ha desnacionalizado es la creatividad y la generación de un grupo de creadores, jóvenes, que bien son llamados ahora como los Dibujitos. ¿Quienes son ellos? ¿Qué buscan?
El término “economía naranja” fue formalmente introducido en 2013 por Iván Duque Márquez y Felipe Buitrago Restrepo mediante su obra La economía naranja. Una oportunidad infinita ( CNN Español , ResearchGate , muse.jhu.edu ). Este término surge como una reinterpretación moderna de la economía creativa , originalmente conceptualizada por John Howkins en 2001.
La elección del color naranja no fue arbitraria: se buscaba un tono que evocara universalidad en clave cultural, espiritual y creativa.
El sector creativo, conocido como economía naranja, se presenta como una opción estratégica y viable para reducir las brechas de pobreza en el Perú y otras naciones de la región. Este sector aprovecha la creatividad, la cultura y el talento local para generar desarrollo económico, empleo digno y cohesión comunitaria.
Aportación Global y Contribución al Crecimiento
Según datos recientes de UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), las industrias creativas representan entre 0,5 % y 7,3 % del PIB a nivel nacional, dependiendo del país y del enfoque de medición (UN Trade and Development (UNCTAD)). A nivel global, varias fuentes estiman que la economía creativa aporta aproximadamente 3 % al 4 % del Producto Interno Bruto mundial. De hecho, el concepto de “orange economy” —el término latinoamericano para economía creativa— está estrechamente alineado con este rango (ODI: Think change, pacifictradeinvest.com).
