En el universo de la economía naranja en el Perú, el cine y los negocios audiovisuales se muestran como una baraja de posibilidades de crecimiento que, no ha sido debidamente aprovechada en los últimos años. Toda iniciativa se ha atascado en el fango de las promesas y buenos deseos que no ha significado una mayor producción de contenido.
A casi año y medio de la promulgación de la nueva Ley del Cine, la inversión aun no ilumina las pantallas de las salas nacionales en el volumen esperado.
Es bueno recordar que, uno de los desafíos principales del gobierno que inicia sus funciones es la generación de empleo juvenil. Asimismo, hay que tener en cuenta que en el país existen alrededor de 15 centros de formación, entre universidades e institutos que, ofrecen la carrera de comunicación audiovisual, sumando un promedio de 1,300 egresados por año. Es decir que, en un lapso de 10 años, salen al mercado 13,000 jóvenes que anhelan trabajar en casas realizadoras, empresas de publicidad, canales de televisión o en proyectos audiovisuales independientes.
Un informe reciente del Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE) informó que la industria audiovisual y de contenidos genera más de 120 mil empleos. Asimismo, la Cámara de Comercio del vecino país registra alrededor de 3,500 empresas dedicadas al rubro. Bien por ellos.
Por su parte, la Cuenta Satélite de la Cultura de México 2024, elaborada por INEGI, registró para ese año 180 mil empleos relacionados al quehacer audiovisual, lo que representa el 12% de toda la fuerza laboral de la economía naranja mexicana que alcanza casi el millón y medio de empleos.
En Brasil, la industria cinematográfica y audiovisual emplea alrededor de 600 mil personas de acuerdo con las investigaciones de Oxford Economics y los reportes de la Agencia Nacional de Cine Brasileño.
Sabemos que Brasil y México se alzan con un indiscutible liderazgo en la materia. La cantidad de películas producidas anualmente, los ponen literalmente en otra galaxia frente al resto de América Latina. En México se producen un promedio de 240 largometrajes al año entre ficciones y documentales, además de colocar 65 series en las diversas plataformas de streaming.
Mientras tanto, en el Perú se realizan alrededor de 70 películas anuales, de las cuales más de la mitad son documentales. No hay cálculos ni cifras oficiales de la cantidad de empleos que producen las actividades audiovisuales, ni de cuantas empresas dedicadas al rubro existen. En los últimos años, la asistencia a las salas ha sido muy intermitente en lo que respecta a filmes nacionales. Hubo algunos éxitos de taquilla, como también pérdidas económicas para otros. La incertidumbre política de la última década desgastó el deseo de invertir en cine, series o telenovelas. Actualmente se aprecia un repunte en casas televisoras como Latina y América que tercerizan contenidos a través de productoras como Del Barrio o Chasqui.
¿Qué hacer para construir una industria audiovisual sólida que genere empleos?
Los gigantes Brasil y México han trazado una ruta que fácil podría seguir nuestro país. Ya se ha dado un paso importante con la nueva Ley del Cine que contempla el crédito audiovisual y la deducción de impuestos para empresas privadas nacionales. Pero, falta llevar a cabo una estrategia de promoción para que estos posibles inversionistas entiendan las ventajas y alcances de la nueva ley.
Por ejemplo, en México funciona el EFICINE (Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción Cinematográfica Nacional). Su éxito radica en un concepto financiero básico: si una empresa mexicana le debe al fisco 20 millones de pesos de Impuesto a la Renta (ISR), la ley le permite entregarle esos 20 millones directamente a una productora de cine. El Estado le descuenta exactamente el 100% de lo aportado de su deuda tributaria. Para la empresa, el costo real de financiar la película es cero, pues las empresas no regalan el dinero; lo invierten. Al financiar el proyecto, se convierten en socios de la película. Si la cinta tiene éxito en taquilla o plataformas digitales, la empresa recibe un retorno financiero además de meses de publicidad gratuita integrando su marca dentro del filme a través del product placement.
Eso nos lleva a pensar que es necesario integrar otras disciplinas como el marketing, finanzas y el propio derecho para utilizar herramientas como el estudio del comportamiento del consumidor, la proyección de retorno de inversión y la protección de la propiedad intelectual para asegurar el éxito económico del proyecto.
La última valla que hay que superar es la asistencia del público. En Brasil existe la obligatoriedad de exhibir películas nacionales por un tiempo mínimo, bajo la advertencia de sanción si la sala no cumple. En el Perú, sólo hay un incentivo que muchas veces no es tomado en cuenta. Sin embargo, se hace necesario que, en la inversión de una empresa privada se contemple la campaña de publicidad para asegurar una taquilla cuyas cifras se escriban en azul.
En un país, donde se hace imperativo ofrecer un futuro a los miles de egresados que cada año se lanzan al mercado laboral en busca de empleo, la actividad audiovisual y las industrias creativas en general aparecen como una puerta que se debe cruzar, creando el marco legal adecuado. Talento hay. La juventud peruana quiere ser protagonista de su propia historia. Les toca a las entidades involucradas a nivel estatal y privado escribir un final feliz.
Por: Jorge Luis Garay Baldeón
